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ENRIQUECER Y ALEGRAR LA VIDA CON NUESTROS PROPIOS JUEGOS
Jugar la vida es descubrir sus secretos sin que la mente programada se
entere, mientras ella construye teorías que van haciendo cada vez más
complicada la realidad, haciéndola creer por ello más necesaria.
En nuestras escuelas, en vez enseñar a jugar la vida, se instruye a los
alumnos en las reglas de un juego que les aleja de su propia alegría, que les
separa de la creatividad de crear sus propias reglas, en definitiva, que hace
del jugador un rehén.
La crisis que experimentamos no es más que un líquido revelador que
evidencia la atadura a un juego que no podemos sentir como nuestro. Para salir
de él no sirve buscar culpables, conspiraciones, maldades … eso sólo haría
aumentar la fuerza del juego sobre nosotros.
Para salir de un juego sólo hay una forma: dejar de jugar a él. Para
lograrlo es necesario conocer bien sus reglas y cómo estamos contribuyendo a su
mantenimiento. Las reglas son las de la dualidad: fragmentar para crear
realidades complejas en las que perdernos, aumentando así la dependencia entre
las personas, delegando poderes unos en los otros hasta que finalmente nos sentimos
todos desempoderados de alguna u otra manera. En este punto, ya no nos podemos
sentir los creadores de nuestra realidad, algo fundamental para poder jugar la
vida.
Para sentirnos jugadores libres no basta con dejar de jugar a lo que no
nos gusta, hemos además de entrar en contacto con nuestra creatividad, desde
ella y con la ayuda de la sabiduría de la inocencia plantearemos nuevos juegos
a la vida, enriqueciéndola con la alegría de nuestro corazón.
Querido lector, ¿qué te parece cortar amarras al puerto de los viejos
juegos de la dualidad y emprender el rumbo al mar abierto de jugar tu propia
vida …? ¿Qué sentido tiene un marinero en tierra … un ser creador renunciando a
las aventuras de sus propias creaciones …?
LA SONRISA DEL NIÑO, UN CAMINO A NUESTRA INTEGRIDAD
La sonrisa del niño que fuimos no se marchó
con los átomos que entonces estructuraban nuestro cuerpo, en algún lugar de
nuestra conciencia sigue viva y disponible ¡Pura ciencia! Este claro
conocimiento, ocultado a nuestra mente por el materialismo que hemos vivido,
viene abalado por nuestro sentir cuando al contemplar hoy la sonrisa de un niño
la sentimos como propia.
Los
“Nuevos Paradigmas del Conocimiento” abren la mente a nuestro sentir,
ayudándonos a dejar atrás la separación entre nuestro ser y las creencias que
estructuran nuestro ego. Ya no tendremos que sentirnos separados, divididos por
dentro. Esta fragmentación ha sido la base de todos nuestros miedos y de los
estados de necesidad que han caracterizado nuestras vidas, que a su vez han
sido los causantes de los grandes dramas de la humanidad.
Sólo un
ser humano que se siente fragmentado en su interior puede ser manipulado o
tener deseos de manipular a otros. Sentirnos incompletos no ha llevado a la
necesidad de las religiones, sentirnos culpables nos ha atado a ellas. Ser
íntegro no es una cuestión moral, es simplemente haber logrado la conexión
consciente con nuestro corazón y gozar de sus tres dones: sensibilidad, poder y
sabiduría.
Un humano
íntegro no necesita de reglas éticas ni morales, ni recurrir a un maestro
exterior, pues cuenta con su propia sabiduría. El ego no le supone un estorbo
y, por lo tanto, no necesita meditar
para dejar de ser esclavo de sus deseos. Ha estructurado su ego con creencias
traslúcidas a la luz de su corazón y, así, consigue alimentarlo con su
sabiduría. Sólo desde esta integridad se puede uno sentir el libre creador de
su vida..
Cuando
sentimos nuestra propia inocencia reflejada en la sonrisa de un niño, se
produce en nosotros un fenómeno de integridad, durante unos instantes
experimentamos sus propiedades: nos sentimos sin fragmentación, unidos a
nuestro corazón, con un ego sabio, con lucidez en nuestra mente … en
definitiva, con ganas de jugar la vida, de disfrutarla, de iluminarla con nuestra
alegría. Comprendemos entonces que nuestro niño interior es la clave de la
integridad que buscamos, y que ha estado siempre con nosotros esperando a
mostrarnos cómo recuperar nuestra unidad.
¿Te
acuerdas, querido lector, de esos dibujos animados en los que siempre había
alguien que recibía golpes o sufría accidentes en los que sus dientes, o su
nariz, o sus orejas … se rompían hechos añicos? A mí siempre me sorprendía
verlo en la escena siguiente con su cuerpo íntegro, totalmente reparado, era
algo mágico; sólo la mirada de un niño es capaz de ver en ello algo más que un
recurso cinematográfico, fíjate que esto sólo ocurría en las películas
destinadas a infantes. Realmente, nuestro niño interior sentía que aquello era verdad, lo sabía
gracias a su sabiduría innata. Esos dibujos nos recordaban algo olvidado por
los adultos: la mirada de la inocencia tiene el poder de unir nuestros trozos,
de hacernos seres íntegros.
¿Qué te
parece hablar con tu niño interior y pedirle que te enseñe el camino de la
integridad …? ¡Es tan hermoso volver a sentirse uno!
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